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Aprender a sentirse viva otra vez

  • Foto del escritor: Renata González
    Renata González
  • 3 may
  • 4 Min. de lectura

La gente no habla suficiente de lo raro que es volver a sentirse viva después de haber estado triste por tanto tiempo.


Porque uno cree que sanar se va a sentir como en las películas. Como un momento enorme y definitivo donde todo vuelve a tener color de golpe y tú vuelves a ser la misma persona de antes.


Pero no pasa así.


Al menos no para mí.


Para mí ha sido más extraño que eso.


Porque incluso en medio del duelo, de la tristeza y de todos esos meses donde sentía que estaba sobreviviendo en automático, la vida siguió pasando. Y, de alguna forma, siguieron pasando cosas bonitas también.


Cumplí sueños que llevaba años imaginando. He Conocido personas increíbles. Estuve en lugares donde una versión más joven de mí habría llorado de felicidad. Escuché mi nombre en voces de personas que jamás pensé que leerían algo mío.


Recibí cariño real.

Del bonito.

Del que se siente sincero.


Y aun así, algo cambió dentro de mí.


No porque no valore esos momentos.

No porque no me hagan feliz.

Sí me hacen feliz.


Pero ya no los siento como antes.


Y esa es probablemente la parte más difícil de explicar.


Es como si una parte de mí siguiera cansada. Como si emocionalmente todavía existiera una distancia entre mi corazón y las cosas que me pasan.


A veces estoy viviendo algo que sé que debería sentirse enorme y, al mismo tiempo, hay una voz muy pequeña dentro de mí diciendo:


“Antes esto me habría emocionado muchísimo más.”


Y duele admitirlo.


Porque cuando estás triste por mucho tiempo, aprendes a sobrevivir apagando partes de ti. Y después, incluso cuando la vida mejora un poco, no sabes cómo volver a encenderlas completamente.


Pero creo que también he entendido algo importante...

Que el hecho de que ya no sienta las cosas igual no significa que ya no las sienta. Solo significa que ahora las siento distinto.


Más despacio. Más silenciosamente. Más desde el cansancio que desde la euforia.


Y aun así… reales.


Porque he tenido momentos últimamente donde algo dentro de mí despierta aunque sea por segundos.


Una conversación que me hace reír de verdad. Una persona que llega con tanta luz que logra atravesar un poco toda esta niebla emocional.


Una canción. Una madrugada.

Un abrazo.


La sensación de volver a escribir algo que sí me representa. La tranquilidad inesperada de sentirme entendida.


Pequeñas cosas que no arreglan el dolor, pero sí me recuerdan que sigo aquí. Y quizá volver a sentirse viva no es convertirse otra vez en quien eras antes. Quizá es aprender a existir siendo alguien diferente después de todo lo que pasó.


Porque hay versiones de nosotros que no regresan.


Y creo que parte de crecer también es aceptar eso sin convertirlo en una tragedia. A veces la felicidad después del duelo no se siente intensa. No explota. No hace ruido.


A veces llega cansada.

Más suave.

Más tranquila.


Pero llega.


Y creo que últimamente estoy aprendiendo a reconocerla así. En las cosas pequeñas. En los momentos que antes habrían parecido insignificantes y que ahora, de alguna forma, sostienen partes de mí que estaban empezando a romperse.


Porque quizá sanar nunca fue volver a ser la persona que era antes de todo esto.


Quizá sanar es aprender a vivir con la ausencia de esa versión de ti y aun así permitirte seguir construyendo algo bonito encima de las ruinas.


Y eso da miedo.


Da miedo porque no sé si algún día volveré a sentir las cosas con la misma intensidad con la que las sentía antes.

No sé si algún día dejaré de comparar cada momento feliz con la manera en la que lo habría vivido la antigua yo.

No sé si esta tristeza eventualmente se volverá más ligera o si simplemente aprenderé a cargarla mejor.


Pero también hay algo dentro de mí que empieza a sospechar que la vida no terminó cuando me rompí.


Solo cambió.


Y quizá el futuro no se trata de recuperar exactamente lo que perdí emocionalmente. Quizá se trata de descubrir nuevas formas de sentir.


Nuevas formas de amar a la gente. Nuevas formas de emocionarme. Nuevas formas de existir sin esperar volver a ser la misma persona de antes.


Porque, aunque todavía hay días donde me siento profundamente cansada de sentir, también hay días donde vuelvo a encontrar algo parecido a la esperanza en lugares inesperados.


En personas nuevas. En conversaciones sinceras. En sueños que siguen pasando incluso cuando una parte de mí todavía está triste.


En la versión de mí que, a pesar de todo, sigue intentando quedarse.


Y creo que eso también significa algo.


Porque hace tiempo pensé que nunca volvería a conectar realmente con nada. Pensé que el dolor me iba a dejar permanentemente vacía. Que eventualmente iba a convertirme en alguien incapaz de sentir las cosas profundamente otra vez.


Pero tal vez no funciona así.

Tal vez el corazón no deja de sentir.


Solo aprende a sentirse diferente después de sobrevivir.


Y quizá algún día voy a mirar esta etapa desde lejos y entender que no estaba desapareciendo. Solo estaba convirtiéndome en alguien nuevo. Alguien más frágil en algunas cosas. Más sensible en otras.


Pero también más consciente de lo valioso que es encontrar luz incluso cuando todavía existe oscuridad dentro de ti.


Porque hay personas que llegan y te recuerdan que todavía puedes sentir algo. Hay sueños que se cumplen incluso en medio del duelo.


Y hay versiones futuras de nosotros que probablemente todavía no imaginamos… esperando pacientemente a que aprendamos a vivir otra vez.

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